Malcomidos: una perspectiva alarmante acerca del salmón. parte 2.

Viene de parte 1.

9. Capitalismo de importación

De no ser por el frío húmedo que llega del mar en invierno y cala los huesos, Chiloé tienen una belleza natural tan magnífica que podría ser una de las versiones del paraíso. Sus playas pedregosas contrastan con el horizonte verde esmeralda de sus laderas y cerca de la costa, al ruido de los autos los tapa el sonido de las olas rompiendo en la orilla.

La imagen más famosa de ese lugar siguen siendo los palafitos que trazan la arquitectura de algunos poblados: casitas de colores que parecen flotar sobre sus aguas quietas. Gaviotas blancas que surcan los cielos. Y todo lo demás que vuelve entrañable un lugar pesquero.

Pero la realidad de su población está lejísimos de ser idílica. Porque en aquellas playas que no salen en las carpetas de turismo, o tierra adentro, donde el mar es ríos y riachos y todavía sobreviven los descendientes de los campesinos que redibujaron la geografía de selva valdiviana volviéndola tierra agrícola y ganadera de subsistencia, lo que abunda ahora es una pobreza de miseria que contrasta brutalmente con la vida humilde que llevaban las mismas personas hace unos pocos años.

Todo fue más o menos así: imaginen un lugar donde después de la conquista española, de la lucha por las tierras y de la marginación, los pueblos originarios de la zona, en su mayoría mapuches williches y pastores y campesinos, consiguieron configurar una cultura particular de sobrevivientes al margen de la modernidad y sus antojos. Una comunidad de trabajo duro pero de sólido espíritu comunitario. Un caso de disertación para quienes no conciben que haya más que una forma de civilización en América: los chilotas —dicen los estudios antropológicos que se hicieron en la zona— eran personas conversadoras y festivas que sabían hacer de cada jornada una excusa para el baile.

Pero a fines de los ochenta, poco antes de la restitución democrática, la industria salmonera desembarcó en la región y todo eso empezó a cambiar, hasta sufrir una metamorfosis radical que se precipitó en los noventa. Como si se tratara de un experimento, la modernidad, con sus compañías multinacionales, irrumpió en una tierra virgen de capitalismo y la destrozaron social, cultural y ambientalmente. La llevó, sin beneficios perdurables, a un estado de miseria liso y llano.

Las primeras empresas llegaron hace treinta años de Noruega —donde la salmonicultura se practicaba con éxitos y fracasos— y se instalaron con grandes promesas: traerían trabajo, un sistema de producción de alimentos (pescados) más simple, y una solución al problema de sobreexplotación pesquera que empezaba a saldar sus cuentas con el planeta. No se trataba de contratar pescadores para salir a hacerse de pescado. Se trataba de encerrar peces en grandes jaulas ubicadas en el mar, engordarlos y cosecharlos, como si fueran tomates.

En Chile (un país altamente pesquero que, al igual que nosotros, casi no come pescado) celebraron la propuesta. Muchos pescadores abandonaron sus redes y, con el negocio creciendo a un ritmo del 15 por ciento anual, miles de campesinos se mudaron a los bordes urbanos para convertirse en el batallón de obreros que las fábricas necesitaban.

Alejandro Salinas ahora vive en Santiago de Chile, pero hasta hace un tiempo era director del Observatorio Laboral y Ambiental de Chiloé, donde trabajó por más de cuatro años con los sindicatos del lugar. Con ese hablar veloz que tienen los chilenos, Alejandro tiene una rapidez admirable para ser siempre muy cauto y por momentos un tanto evasivo al momento de hablar mal de la industria, pero no deja de hacer hincapié en el efecto devastador que tuvo el nuevo sistema social que trajo la llegada de la salmonicultura: “Para resumir, puedo decir que se perdió el intercambio solidario y se desmembraron las familias, y eso se explica por la nueva relación que se estableció con el dinero”.

En Chiloé, cuenta Salinas, con sus campesinos semianalfabetos convertidos

de golpe en seres urbanos, se vivieron todos los fenómenos de la posmodernidad atomizados en menos de diez años. Las mujeres salieron a trabajar.

Los hijos empezaron a pasar gran parte de su tiempo al cuidado de casas cunas. Los hombres se volvieron más machistas y violentos. Finalmente las parejas se divorciaron y por separado hubo muchos que fueron a ahogar sus penas a los bares. El combo de drogas y prostitución apareció con fuerza en algunos barrios: hubo empresarios que importaron prostitutas de Colombia: mujeres que luego terminaron mostrándoles qué podrían hacer a las chilotas cuando quedaran desempleadas.

El de Chiloé tierra adentro, era (es) un desastre cultural que creció en proporción a la dependencia cada vez mayor del país al esplendor gastronómico que el mundo disfrutaba con wasabi y salsa de soja.  Click para continuar leyendo

Malcomidos

COMO LA INDUSTRIA ALIMENTARIA ARGENTINA NOS ESTA MATANDO

Autor: Barruti Soledad. Editorial: PLANETA

9789504934530

 

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