Biencriar y Malcriar

La crianza es un proceso dinámico que implica una reflexión constante, armar y desarmar estrategias, adaptarse al vertiginoso ritmo de crecimiento del bebé.
Con un acompañamiento respetuoso, empático y una gran generosidad de parte de sus padres para comprender su estado de inmadurez y su necesidad de dependencia, el bebé se sentirá con tenido afectiva y físicamente. Por eso es esencial informarse y pensar sobre cómo se desarrollan los niños, qué necesitan, cuándo están preparados para realizar cambios, aprender a decodificar sus señales y contemplar sus iniciativas. También es importante que los padres encuentren espacios en los que se sientan acompañados para llevar adelante la tarea de criar a su hijo.
Uno de los grandes avances de la psicología perinatal y madurativa y de la pediatría en los últimos años es haber llegado a la certeza de que los bebés nacen con habilidades complejas y una elevada capacidad de aprendizaje, lo que dista del concepto del bebé como ser pasivo y con pocas capacidades. Desde ya, para que estas iniciativas del bebé se
vean favorecidas se necesita un entorno adecuado.
Sabemos que la niñez es una etapa clave en el desarrollo de las personas y la crianza  implica una inversión de tiempo de calidad, por lo que resulta difícil compatibilizarla con el trabajo y las obligaciones cotidianas. A menudo nos encontramos con dificultades de tiempos y espacios para criar a los hijos: volver cansados del trabajo, tener pocas horas libres para compartir o disponer de gran parte del día con un hijo pero no saber cómo jugar con él… Así se generan nuevas formas y estilos de crianza que van de la mano con los cambios socioculturales.
Creemos que no hay una forma única de criar, ni un listado de soluciones ni recetas mágicas, ya que cada niño y cada familia son únicos e irrepetibles. Podrán tener similitudes pero al mismo tiempo presentan diferencias que marcan un estilo particular de desarrollo del niño y de crianza por parte de los padres. Lo que resulta realmente importante es elegir el modo de llevar adelante el cuidado integral del niño,
y aquí surgen las decisiones a tomar en relación a la forma de alimentarlo, si ponerlo al pecho o darle una mamadera, dónde hacerlo dormir, cómo establecer de a poco su rutina,
entre tantas otras.
Es un camino cambiante que trae consigo interrogantes, incertidumbre y momentos de confusión.
Un niño es un ser individual al que resulta fundamental acompañar hacia su progresiva autonomía. No puede ser al revés. Inicialmente depende de otro de manera absoluta para
satisfacer todas sus necesidades y sentirse contenido, ya que se encuentra en un estado de desamparo, vulnerabilidad y dependencia, y solo de forma gradual irá adquiriendo más
recursos, a medida que madure e internalice los cuidados y el afecto que le brindan. Así se va acercando a la autonomía, que es el logro de la primera infancia.
Muchas veces escuchamos que se puede “malcriar” a un bebé, que los chicos les “toman el tiempo” a los padres, que los “manipulan”. Pero apenas sale de la panza de la madre, el bebé no puede calmarse solo, ni dormir por su propia cuenta, ni autorregularse o esperar tiempos estrictos para alimentarse. La inmediatez que requiere para satisfacer sus necesidades es propia del momento evolutivo en el que se encuentra. Si entendemos esto, podremos recorrer con empatía y respeto el camino de desarrollo del niño.
Malcriar implica en realidad atrasar o adelantar al niño en su desarrollo, así como no atender sus necesidades de manera oportuna por tener creencias erróneas o estar desinformados.

Extracto del libro Crianza para Principiante por Alberto Grieco

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