Cómo hablan los intestinos con el cerebro

¿Cuántas veces notamos lo que sucede en nuestros intestinos? ¿Respondemos a su llamado cuándo nos hablan? ¿Cuánto de la comunicación ignoramos o pasamos desapercibido?

En “Pensar con el estómago” el doctor Emeran Mayer expone las claves y presenta una dieta simple y práctica que nos ayudará a mantener un diálogo óptimo entre mente y cuerpo para conseguir innumerables beneficios en la salud y el estado de ánimo.

Normalmente no solemos prestar atención a lo que ocurre en nuestros intestinos: ignoramos las sensaciones, percepciones físicas sutiles y ruiditos, así como las emociones que los acompañan. El adecuado registro de las sensaciones intestinales, qué estabamos haciendo cuándo las percibimos, el sentimiento y qué habíamos comido será n las claves para ayudarnos a conocer y a reinstaurar la comunicación tan importante entre el cerebro y el intestino.

Es lógico que ignoremos todo gorgoteo del estómago, si atendieramos a ello todo el día no tendríamos lugar para hacer nada más, realizando el pequeño experimento del registro podrás descubrir qué está afectando tu salud intestinal. Hallarás que el intestino se encuentra íntimamente ligado a las emociones y aprenderás a identificarlas.

¿Por qué estamos acostumbrados a ignorar esas sensaciones? Seguramente hayas escuchado nombrar al intestino como el segundo cerebro. El doctor Emeran Mayer resalta que el intestino es un cerebro que sentía demasiado.

Las únicas sensaciones intestinales que solemos notar son aquellas que requieren una respuesta: la de hambre que nos impulsa a comer algo, la de saciedad cuando es hora de parar de comer o la de estar demasiado lleno que nos hace correr en busca del baño. Ignoramos la mayoría de las sensaciones intestinales hasta que experimentamos algún descalabro estomacal, como dolor de tripa, acidez, náuseas, sensación de hinchazón persistente o, todavía peor, un episodio de intoxicación alimentaria o una gastroenteritis vírica. O simplemente, hemos comido demasiado y nos encontramos mal, incluso después de una comida normal. De repente, la información sensorial de los intestinos se vuelve muy relevante, casi siempre por buenas razones. Esas percepciones desagradables nos llevan a pedir ayuda, y a su vez contribuyen a evitar aquello que ha causado nuestro malestar en el futuro, asegurándose de que nunca lo olvidaremos.

Cerebro, intestino y microbioma (la comunidad de microorganismos que reside en el aparato digestivo) se comunican de forma bidireccional. Si esta vía de comunicación se daña, sufriremos problemas como alergias a ciertos alimentos, desórdenes digestivos, obesidad, depresión, ansiedad, fatiga y un largo etcétera.

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