Internet o el cementerio del amor

Las relaciones a través de las redes son vínculos de control.

No se trata de estar con el otro, de compartir un espacio físico real, de la mirada, de la escucha, de la caricia, de fluir en el tiempo, de compartir una vivencia, sino de tener al otro, a la pareja virtual, en la mira, del mismo modo en que uno se exhibe las 24 horas ante los otros. Quizás sea excesivo hablar de desamor en donde
ni siquiera hay una oportunidad real para el amor, puesto que como todos los opuestos uno existe si existe el otro. Pero si algo resulta curioso es la conclusión
a la que arriba Palumbo. Según la investigadora en el tema del amor las redes no son negativas.

“La gente se suma, se relaciona, se recontra erotiza (sic)”, afirma.

Cabe preguntarse si acaso se refiere al autoerotismo, a una suerte de masturbación con la pantalla como objeto del deseo, puesto que el erotismo es una expresión del encuentro de las personas, de la mutua exploración, del juego de los cuerpos. Quizás en la frase de Palumbo anide una confusión entre erotismo y excitación, que
no son lo mismo. Los disparadores de excitación abundan, se ofrecen y se consumen, a menudo en soledad.
El erotismo nace a partir de la existencia y la presencia del otro.

La soledad por su nombre

Quizás es hora de decir que las nuevas tecnologías, más allá de los fanatismos que promueven, no han aportado a la consolidación del amor, pero han hecho bastante para crear confusión al respecto.

Vivir con otra persona no consiste necesariamente en resignarse a cumplir con mandatos familiares y externos (como, por ejemplo, el de formar una familia y asegurar un futuro para ella resignando aspiraciones personales). Es también, y sobre todo, ejercer el arte de amar creando con el otro un mundo inédito y expresando en él potencialidades personales que a solas no habrían germinado. Es una manera de trascender la finitud. Claro está que esto no es automático, sino que requiere constante atención, disposición, voluntad y entrega. Algo que el amor contiene y, a la vez, provee. Quien ha atravesado una mala o pobre experiencia de convivencia no debería convertirla en ley universal. Mucho menos cuando en su profesión trabaja con personas, se supone que para ayudarlas a encontrar sus mejores caminos hacia una vida plena.

Extracto del libro “El amor en tiempos líquidos” por Sergio Sinay

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