El reencuentro con mi “niño interno”

Para ser adultos, todos alguna vez fuimos niños. Todos tuvimos infancias, antes de rigidizarnos, ponernos quejosos, neuróticos y protestones. No puedo evitar preguntarme muchas veces ¿por qué el crecer y convertirnos en adultos necesariamente implica seriedad y todas las características que antes mencione? Si alguna vez fuimos niños, ¿dónde quedó esa frescura? Reencontrarme con mi niño interior es para mí la posibilidad de reparar las generaciones venideras.

Ser niños es explorar, aprender, equivocarse, caerse y volver a levantarse, pelear y al rato seguir jugando como si nada; ser niños es ser traviesos por añadidura; alguna vez leí, dentro de mi formación como terapeuta Gestalt, que deberíamos preocuparnos cuando un niño es demasiado tranquilo, poco rebelde y suele quedarse allí donde lo dejamos.

A medida que vamos creciendo, nuestra sociedad, desde las familias y desde todas las instituciones educativas, nos va llenando de “introyectos”: un mecanismo interno que hace que nos traguemos lo que nos dan o dicen sin masticarlo, sin crítica, selección ni ajuste a nuestra necesidad personal, corriendo el riesgo así de “empacharnos” de mandatos, órdenes, etc. Estas ideas, normas o valores incuestionables las asumimos erróneamente como propias, e impiden el libre flujo de los impulsos y la satisfacción de las necesidades. Por ejemplo en la familia, diciéndole al niño “Ahora ya no sos más un bebé, tenés que…” o en la escuela enseñándole a los niños que para ir al baño tienen que pedir permiso.

Así nos vamos oxidando, funcionando con el combustible de los mandatos, porque si no cumplimos con lo establecido corremos el riesgo de no ser parte, de ser “inadaptados sociales”: “Tenés que, deberías, ¿Cómo todavía no?, ¿No tenés? ¿Cuánto ganás?”; todo eso, nos va convirtiendo en robots, que funcionamos en piloto automático. Si nos convirtiéramos en robots y ya no sintiéramos nada sería una cosa, pero ojo: no es tan sencillo, justamente aunque nos roboticemos, aunque queramos dejar de lado las emociones y sentimientos,más fuerte aún van a golpearnos para que las escuchemos. Precisamente los adultos nos quejamos y protestamos todo el tiempo, porque nos neurotizamos, creyendo que podemos hacernos los tontos y olvidar a nuestro “niño interior” que clama por salir, por estar para que podamos divertirnos, reírnos y sacarle el jugo a la vida, quizás no todo el tiempo pero por lo menos a veces, cuando por un rato no tenemos que estar con los trajes de trabajadores, educadores, etc.

Puede que a veces nos cueste desempolvar a nuestro niño interno, es posible que en algunos casos lo tengamos en nuestros sótanos en cajas llenas de humedad, pero como todos fuimos niños allí esta esa parte, esperando a que la saquemos a pasear, para evitar infartos, depresiones, ataques de pánicos, ansiedades, que ocurren porque nos llenamos de presiones, exigencias para cumplir con lo establecido, tragando todo lo que nos piden sin digerir.

No estoy postulando aquí que no tenemos que tener autoridad, que tendríamos que todo el tiempo hacer lo que quisiéramos. Pero estoy convencido de que nos excedemos y cada vez nos avejentamos más rápido por ser demasiado serios y tomarnos todo tan en serio.

La vida siempre nos da oportunidades de volver a encontrarnos con ese niño que somos, solo es cuestión de estar atentos. Sin duda una excelente oportunidad aparece cuando nos convertimos en padres, allí tenemos la posibilidad de volver a tirarnos al suelo, de jugar a la lucha, de apelar a nuestra imaginación y dejar de lado las investiduras del afuera, que corean en sonido “surround” que un padre tiene que ser de tal o cual manera. Si nos animamos a ser auténticos y espontáneos con nuestros hijos, incluso equivocándonos porque estamos aprendiendo, siempre va a ser más sano que estar todo el tiempo educando, que en este caso no quiere decir dejar de enseñar valores, sino dejar de bajar línea todo el tiempo, mostrar a cada ratos que el que manda es el adulto y que tienen que respetarnos por eso y nada más. Tengan por seguro que nuestros hijos van a respetarnos y a valorarnos mucho más si nos animamos a jugar, a divertirnos a reír de verdad; esto no quiere decir de ninguna manera que seamos niños y perdamos de vista la responsabilidad que nos concierne como adultos y padres, pero no tenemos por qué hacer un cliché de la paternidad, donde ser padre solo implique autoridad, educación y valores; no tengamos miedo de mostrar nuestros defectos, al mismo tiempo que lo que sentimos, bueno y malo.
Tengo la convicción de que ésta es la manera de garantizar más salud mental en las generaciones venideras, y sé que si esto ocurre entonces habrá menos guerras y menos violencia.

Quiero cerrar con una frase que repito y me repito como un mantra que me acompaña: “No dejamos de jugar porque envejecemos; envejecemos porque dejamos de jugar” (Benjamin Franklin).

 

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