Una crianza amorosa puede salvar a la humanidad

Una civilización respetuosa, amorosa, solidaria y beneficiosa para todos debería ser niñocéntrica.

Los niños nacemos en eje con nosotros mismos. Llegamos a la vida terrestre sin lenguaje, sin cultura, sin mandatos, sin juicios de valor, sin moral, sin miedo. Sólo pretendemos desarrollar nuestro sí mismo en armonía.
Una civilización respetuosa, amorosa, solidaria y beneficiosa para todos debería ser niñocéntrica. Es decir, organizada según las necesidades de los más pequeños.

Adaptada a los más pequeños. Fácil y dichosa para los más pequeños.

¿Cómo haríamos algo así?

Es relativamente sencillo. En todas las áreas, deberíamos estar al servicio de los niños y no al revés. Deberíamos adaptarnos a todo aquello que el niño manifiesta o reclama en lugar de pretender que los niños se adapten a la comodidad de los adultos. ¿Hasta
cuándo? Hasta que el niño se sienta confortable. Esa es toda la medida: el confort de un niño.

¿Es esperable que los niños organicen todas nuestras áreas de la vida humana?

Prácticamente sí.
Entiendo que nos desconcierte este postulado, ya que suponemos que los niños tienen que adaptarse a las necesidades de los adultos y tolerar los límites que les imponemos según conjeturas basadas en la supremacía de nuestros deseos. Claro que no se trata de taponarlos con objetos de consumo para que se queden quietos,
porque los juguetes, la electrónica y las relaciones virtuales no son más que desplazamientos de sus agujeros afectivos por falta de vínculo real. Por lo tanto, “darles lo que piden” no condice necesariamente con lo que los niños nos reclaman genuinamente.
Comprender las necesidades básicas auténticas de cada niño según su diseño original será tarea primordial.

Los seres humanos nos hemos extraviado hace mucho tiempo. ¿Desde cuándo? No lo sabemos. Los libros de historia se refieren a épocas demasiado recientes, por lo tanto no tenemos referencias confiables ni recuerdos de un pasado que nos permita querer
retornar allí. A falta de referentes históricos, me permito tomar como el referente más confiable al niño tal cual llega al mundo. Estoy segura de que si confiáramos en la naturaleza instintiva de cada niño, recuperaríamos el sentido común, la alegría y la prosperidad.

Y sobre todo, recuperaríamos algo que hemos perdido hace
muchas generaciones: la capacidad de amar al prójimo.

Extracto del libro Una Civilización niñocéntrica por Laura Gutman

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