El apego es una experiencia que todo recién nacido necesita experimentar para desarrollar sentimientos de seguridad hacia sus cuidadores y hacia sí mismo. Estos sentimientos repercutirán en su vida a futuro, permitiéndole generar vínculos saludables, o no tanto, generalmente condicionado por el tipo de apego que haya recibido al nacer y durante los meses sucesivos.

Esta experiencia consiste en parecerse lo máximo posible a lo que fue la gestación. Estar en contacto permanente con un adulto, idealmente su madre, quién lo gestó, sostenido constantemente, en una posición cómoda, siendo amamantado de manera continua (como en su momento fue alimentado por el cordón umbilical), experimentando los mismos movimientos, sonidos y voces que recibió durante su gestación, y pudiendo además conectarse con su madre o su cuidador/a a través de la mirada y de anticipaciones verbales explícitas de lo que habrá de vivir. Ya sea un cambio de pañal, una salida del hogar, una visita, etc.

Los humanos, como especie, nacemos en un estado de “prematuridad” (aún naciendo a término), de falta de maduración de todo tipo, que necesitamos es esta experiencia de exterogestación, y que sea lo más completa posible. Somos la especie que más necesidad de parentalidad tiene a lo largo del tiempo.

El apego incluye la experiencia del colecho, es decir, que durante la noche, el bebé siga experimentando la cercanía parental. Unicef ha publicado las condiciones para llevar a cabo un colecho (y apego) seguro, entre las que figura que el bebé tenga su cuna pegada a la cama parental y sin una división. De esta manera el bebé no corre el riesgo de “aplastamiento” por parte de un adulto. Es importante remarcar que otra de las condiciones que señala Unicef para el colecho seguro es que no se realice en caso de que los adultos fumen en la habitación, consuman alcohol o drogas (legales o ilegales) que produzcan alteración del sueño y del pensamiento.

¿Cuánto dura el apego?

El apego tiene diferentes etapas. El llamado Apego Primario ocurre en la primera hora de vida, única e irrepetible, cuando se desencadenan una serie de reacciones neuroquímicas del bebé y de la madre, que los llevan a un encuentro físico y emocional tendiente a sellar ese vínculo desde la oxitocina, la hormona del amor y el contacto.

Luego tiene lugar la experiencia de exterogestación, más prolongada en el tiempo, y en la cual el bebé, regulándose, es el que va progresivamente prescindiendo de esas “horas mamá”. Siempre en la medida en que se sienta colmado por ella, justamente.

Si esta experiencia es exitosa, el bebé llegará a un proceso de individuación de manera autónoma y autorregulada. No necesita ser “empujado”, destetado o expulsado del nido. Incluso, la llamada “angustia del 8vo mes”, etapa que puede presentarse en algún momento entre los 6 y 11 meses, promedio, y donde se observa al bebé con una nueva conciencia de sí mismo, a veces con mucha angustia, ansiedad, mal dormir, llantos inesperados, etc, se vive con mucha más tranquilidad por toda la familia (y por el mismo niño, por supuesto) cuando el bebé ha recibido un apego seguro.

¿Por qué tenemos que hablar de esto, si es tan natural?

De la misma manera que se hizo necesario hablar del parto fisiológico, o del amamantamiento, las experiencias fisiológicas han sido “olvidadas” por la cultura, subestimadas, paradójicamente hablando, por la medicina (que tiene una intervención sustituta para cada experiencia fisiológica, con la salvedad que todas han de ser compradas, y no son tan excelentes como lo es la genuina).

Hoy en día es natural asociar a un bebé con un biberón, cuando su alimentación natural y para la que esta físicamente preparado es únicamente el pecho de su madre. De la misma manera, se ven más bebés en cochecitos (donde nadie los toca, y a veces ni siquiera los mira, porque están orientados hacia adelante) que en los brazos de su madre. Y cuando una madre decide sostenerlo, puede ser receptora de innumerables críticas por permitir que su hijo “se acostumbre” a estar en brazos. Es preocupante notar que quienes sostienen semejantes ideas, olvidan que el bebé ha nacido “acostumbrado”, porque fue gestado en el sostén materno.

Afortunadamente las neurociencias hoy demuestran la importancia de “terminar” de gestar a tu hijo en donde pertenece, en tu regazo.

¿Hasta cuándo?

Hasta cuando sea necesario. Todas las etapas se terminan, si se hacen bien. Un punto más: siempre que se habla de apego, pareciera que les rogamos a las nuevas madres que les hagan el favor a sus bebés de no rechazarlos, y que los quieran, cuando en realidad, si la mujer se conecta realmente con su instinto, no hace otra cosa que entregarse con sus entrañas a este vínculo, que salva a su hijo, y también la salva a ella, incluso con la oportunidad de sanar su propio apego primario, si es que no ha sido tan satisfactorio. Esto es igual de cierto para el padre: conectado con el bebé que fue, puede darse la oportunidad de ser el papá que hubiera necesitado tener. Confíen. El amor verdadero nunca daña.

Hasta la próxima!

Melina.

 

Melina Bronfman

Melina Bronfman

Fundadora at MaterPater
Madre. Doula. Musicoterapeuta. Eutonista. Coach ontológico. Especialista en desarrollo infantil. Interesada en difundir salud, placer, amor y alegría.
Melina Bronfman

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